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13 junio 2025 Blog

Elogio del buen hacer

 «Para acercarse a la perfección, el hombre debiera obrar siempre como si tuviera testigos de su conducta y pensar como si se pudiera leer en el fondo de su alma

 Lucio Anneo SÉNECA (4 a.c.-65 d. C.)

Estamos a fin de curso y bien podría venirnos echar la vista atrás y hacer balance. Están en el ambiente los exámenes y por doquier nos alcanzan buenas y malas noticias al respecto. Advertimos notorias satisfacciones con algún que otro desacierto, pero siempre optimistas y aprendiendo. Buen negocio es mejorar incluso cuando nos equivocamos. Es tarea válida para todos, no solo para estudiantes y gente en estado de preparación específica. Y si nos lo proponemos y no falta el buen humor hasta nos divertiremos.

Es hora de recomendar un cierto examen sobre los sesgos perfeccionistas que pudiese haber en nuestras actitudes básicas, cuando analizamos lo que hemos trabajado y realizado en cualquiera de los campos laborables o de ocio que nos hayan ocupado. Está en alza, hoy en día, hablar de excelencia y aspirar a lo mejor, pero a la vez es frecuente la chapuza, el ya vale, camuflar con los medios técnicos la imperfección consentida. Al decir perfección aludimos a un quehacer excelente, lo mejor que nos es posible, y aquí ha de ser considerado un nuevo enfoque, el de la eficiencia, el hacer algo bien considerado junto al coste que conlleve. Lo mejor es enemigo de lo bueno. Y lo bueno es algo relativo en cada caso concreto.

Es, pues, la perfección un entrelazamiento de lo técnico y lo estético, de lo material y espiritual que se da en todos los hechos que vive el hombre. Es importante valorar que consiste en apreciar cada esfuerzo y enseñanza que se obtiene a lo largo del camino, donde hay cabida para los errores, las equivocaciones, las carencias, las deficiencias y el no conseguir, a cada paso, la meta perfecta, no estropea el buen hacer que se pretende.

Emprender el camino de este buen hacer comporta responsabilidad o respuesta personal a los propios actos y a sus consecuencias. Y a la par se oponen al mismo la negación, la proyección, la represión, la desesperanza y la pereza o el atolondramiento, como falsos caminos de defensa. También cuenta mucho evitar la anticipación negativa propia del pesimismo ocasional.

Es propio de la naturaleza del hombre ir a más, prosperar, aspirar a algo nuevo y mejor. El anhelo de felicidad puede ser uno de los objetivos prioritarios del hombre. Y la búsqueda de la perfección sensata, humilde y moderada, a través del buen sentido es uno de los caminos más certeros a emprender. Se hace camino al andar, y ojalá estuviese esta actitud en nuestros quehaceres personales o hechos en grupo. Se trata de saber a dónde vamos y avanzar en y desde la felicidad. Ahí está la felicidad profunda, en el camino antes que, en la meta, cuando se siguen los dictados de la naturaleza humana y los postulados del folleto explicativo que cada uno lleva sobre sí mismo.

Resulta de gran eficacia saborear la alegría de rectificar. Errar es propio de la persona humana y saberlo es una ventaja. Practicar la sabiduría de rectificar es capaz de facilitar esa buena costumbre. Más aún, si aprendemos de cada tropiezo. Y, además, la búsqueda de la perfección entraña la posibilidad de perder batallas, pero facilita y conduce el ganar la guerra. Y qué decir de la magnanimidad, ese disponer de alma grande, de capacidad de enamoramiento que conduce a saber cultivar las buenas ambiciones y desdeñar las nocivas.

Y como colofón hablaremos de la perseverancia. Comenzar es de muchos, perseverar solo de vencedores. La proyección que buscamos requiere comenzar, proseguir y persistir con determinación. La perseverancia es el antídoto del desaliento. Y mantener a lo largo de nuestra vida ese saber dotar de sentido al propio quehacer y a sus consecuencias. Si el éxito está en lograr lo que deseas, la felicidad reside en desear lo que consigues. Dicho conforme a un proverbio popular la felicidad comienza donde la ambición acaba.

A los denominados perfeccionistas les gustaría tener la seguridad de que al final alcanzarán, con absoluta certeza, la perfección. A ellos y a todos hay que decirles que en esta vida no existe esa seguridad, sólo se dan las oportunidades y para disfrutar de esas oportunidades hay que ser audaces, hay que entrar en el juego del riesgo.

Dr. Manuel Álvarez Romero, Médico Internista

Dr. José Ignacio del Pino Montesinos, Médico Psiquiatra

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